Marta y Jaime lograron restaurar su fertilidad de forma natural. “El dolor de la infertilidad nos ha permitido unirnos mucho más como matrimonio”, comparten.
Marta y Jaime habían soñado con formar una familia numerosa, pero pronto los médicos les advirtieron que les costaría tener hijos o tal vez nunca lo lograrían. El camino no ha sido fácil. Sin embargo, con perseverancia y la colaboración de profesionales comprometidos, en abril de 2026 nació su hijo Tomás, tras 4 años de infertilidad y 2 abortos espontáneos.
El proceso ha costado esfuerzo y sufrimiento, y el matrimonio agradece ahora los frutos, entre ellos algunas lecciones sobre la familia y la fecundidad.
“Aprendimos que nuestro matrimonio sin hijos ya formaba una familia completa en sí misma y que no éramos menos por ello, aunque a veces la sociedad te pueda hacer sentir lo contrario”, explican a Aleteia.
“Aprendimos también que un matrimonio puede tener o no hijos biológicos, pero que siempre está llamado a la fecundidad, es decir, a que su amor dé fruto abundante en la sociedad y a ejercer una paternidad espiritual con otras personas a las que se puede ayudar más allá de los hijos”, añaden.
Restaurar la fertilidad
Los problemas de fertilidad se manifestaron cuando Marta tenía 21 años y Jaime 24, un año después de empezar su noviazgo.
Los médicos diagnosticaron Síndrome de Ovarios Poliquísticos y recetaron pastillas anticonceptivas que regulaban el ciclo pero no solucionaban el problema.
“Al poco tiempo, tuvimos la suerte de conocer la naprotecnología a través de una charla que tuvo lugar en la parroquia”, recuerdan.
El matrimonio que impartía la charla les inició en un camino alternativo que pasaba por aprender a graficar el ciclo para conocerlo mejor y por un proceso médico más profundo.
El objetivo era restaurar la fertilidad de forma natural, integrando el estudio holístico de diferentes ámbitos, entre ellos el hormonal, el nutricional y el metabólico.
“Para nosotros fue muy importante empezar tan pronto en la napro, ya que la primera finalidad del proceso no es tener hijos sino buscar la salud integral de la mujer”, afirman.
De este modo, cuando se casaron, la pareja sabía registrar los ciclos y Marta llevaba ya mucho tiempo en tratamiento, lo que adelantó el proceso.
Tras unos meses casados y sin que llegara el embarazo, las doctoras Mireia de Andrés y después María Victoria Mena estudiaron en profundidad su caso con la ayuda de muchas pruebas médicas: analíticas seriadas, estudios de la ovulación, ecografías, citologías, resonancias, cultivos y test de todo tipo.
“Su entrega siempre nos ha sorprendido mucho pero, sobre todo, nos ha marcado el acompañamiento que nos han dado a nivel humano, e incluso espiritual, ante el sufrimiento de la infertilidad”, destacan con agradecimiento.
La pareja siguió un plan exhaustivo de medicación y alimentación que requería mucha constancia y disciplina, tiempo, esfuerzo y paciencia.
“Algunos días nos daba la sensación de que no estábamos avanzando -reconocen-, pero en realidad habíamos descubierto muchas cosas y estábamos llegando a nuevos diagnósticos”.
“A veces parece que existen otras vías más rápidas, pero a menudo no garantizan un embarazo a término y el camino es más largo todavía, pues no se consigue diagnóstico y no se solucionan los problemas de salud”, advierten.
De mamá al cielo
El año 2024, tras un conjunto de pruebas, surgió un nuevo diagnóstico: prolactina alta. Con una nueva medicación, llegó un embarazo tras dos años de búsqueda.
“Nuestra alegría fue inmensa -relatan-. No nos lo creíamos. Desde el primer momento, la doctora Mena nos hizo un seguimiento muy constante, con una atención muy personalizada que no habíamos visto en ningún otro sitio”.
«No nos imaginábamos la posibilidad de perder un hijo en el embarazo”.
Sin embargo, a las 11 semanas de gestación, en una ecografía de seguimiento, “escuchamos el temido: ‘no hay latido’ mientras veíamos en imagen el diminuto cuerpo de nuestra hija Clara”, recuerdan.
“Se nos cayó el mundo encima y nos desanimamos mucho -rememoran-. Sabíamos que sería difícil tener hijos, pero no nos imaginábamos la posibilidad de perder un hijo en el embarazo”.
“Nadie te prepara para esto y mucho menos en una sociedad en la que la pérdida gestacional sigue siendo un gran tabú”, añaden.
Tiempo después, recordando ese momento en oración, el matrimonio imaginó a Jesús y a María sosteniéndoles en esa consulta médica y enjugando sus lágrimas.
“Eso nos ayudaría a transformar ese momento por completo -aseguran-: la pena tiene un sentido y se transforma en alabanza cuando hay fe”.
“Como el bebé ya no era tan pequeño, me tenían que practicar un legrado a los tres días -recuerda Marta-. Esos tres días fueron muy duros, pues nuestra hija seguía dentro de mí”.
“Sin embargo, también fue muy bonito, pues aún podía custodiar su cuerpecito y de alguna manera despedirnos de ella”, valora.
“Pudimos palpar cómo el sufrimiento se puede convertir en profundo amor -asegura-. Me imaginé con esperanza como si fueran los tres días que pasaron entre la muerte de Cristo y su Resurrección”.
“Teníamos claro que, aunque nuestra hija no nacería aquí, ya se había producido su nacimiento al Cielo (lo que cada año, en su fecha, aún recordamos como su ‘Cumplecielo’”, explican.
Jaime y Marta no se han quedado con “ha sucedido algo malo”, sino que quieren celebrar el amor y la vida y darle un sentido trascendente, sobre todo a través de la fe.
“Por eso, nos emociona cuando alguien nos dice que ha pedido intercesión a nuestros hijos o simplemente se acuerda de ellos”, aseguran. Están convencidos de que “estos bebés, aunque van directos “de mamá al Cielo”, vienen al mundo por algo, tienen una misión y la siguen teniendo allí arriba”.
El matrimonio inició un camino que integraba a su hija del Cielo en su familia: poniéndole nombre, realizando el llamado “Bautismo de Deseo” y reconociendo su identidad propia.
Una apuesta por la vida
Al cabo de unos meses, Marta y Jaime recibieron los resultados de un análisis genético que predecía mayores posibilidades de aborto espontáneo o de ciertas enfermedades en la descendencia.
Todavía en el duelo por la pérdida de Clara, las largas conversaciones con su médico les ayudaron a confiar.
“Debíamos decidir si seguir buscando embarazo o no, sabiendo que podían producirse más abortos -recuerdan-. La Doctora Mena nos animó a ser valientes”.
“Apostamos por la vida a pesar del sufrimiento que podía repetirse y lo aceptamos por amor a nuestros futuros hijos”, afirman.
Tras nuevas pruebas y tratamientos, en diciembre de 2024 Marta y Jaime volvieron a ser padres. Sin embargo, el embarazo tampoco progresó.
“Nuestro segundo bebé (Álvaro) se fue muy pronto al Cielo -explican-. Transitamos el mismo duelo y el mismo camino para integrar a nuestro hijo en la familia”.
En agosto de 2025, Marta se quedó embarazada de su tercer bebé. “Nos invadió la incertidumbre que sólo podíamos dejar en manos de Dios”, recuerda, pero finalmente Tomás nació en abril.
“Estamos en Sus manos”
“Con la distancia que nos ofrece el tiempo, hoy damos gracias a Dios por lo vivido en estos cuatro años, ya que Él siempre transforma todo para bien y da sentido al sufrimiento”, afirman.
“El dolor de la infertilidad nos ha permitido unirnos mucho más como matrimonio y nos ha ayudado a reajustar nuestra escala de prioridades, viendo qué es lo realmente importante en la vida”, aseguran.
“También a valorar lo que tenemos y a poder aplicar todo ello en la educación de nuestros hijos -añaden-. Pero, sobre todo, nos ha ayudado a abandonarnos más en Dios, a ser conscientes de que no podemos pretender controlarlo todo y de que siempre estamos en Sus manos”.
“No sabemos si tendremos más hijos o no, nunca nadie lo sabe, pues en el fondo no podemos controlar nada y nuestros hijos no nos pertenecen, son de Dios”, continúan.
Y concluyen: “Pase lo que pase, ahora sabemos que lo importante no es el número de hijos de cara al mundo, sino que somos una familia completa desde que nos casamos y que tenemos una tarea: amar incondicionalmente y llegar a la meta del Cielo, donde nos esperan nuestros hijos”.
Fuente: ALETEIA





