Se vive en nuestra Argentina hoy, en diferentes sectores dirigenciales tantos sociales como políticos, una peligrosa confesionalidad ideológica, que corre el riesgo de convertirse en un sistema que no tolera la verdad.
Y esto no es una exageración. Es una advertencia que de alguna manera nos alcanza a todos: basta tener un cargo, una llave, un título, una cámara o un micrófono, un uniforme o una caricatura de juez o fiscal, para creer que soy más que los demás. Cuando el poder del que cree estar arriba para siempre define qué es verdadero, bueno o aceptable, y te marca caminos que pueden ser ajustados a derecho o no, se convierte en tirano corrupto, sin capacidad verdadera para escuchar.






