No habla.
No decide.
No se compromete.
Evita cualquier situación complicada.
Pero esa no es la prudencia cristiana.
Para la Iglesia, la prudencia no es timidez ni miedo a equivocarse. Es una virtud que ayuda a discernir el verdadero bien en cada circunstancia y a elegir los medios adecuados para realizarlo.
Eso significa que una persona prudente no es necesariamente la que hace menos.
Es la que aprende a hacer lo correcto de la manera correcta y en el momento adecuado.
La prudencia pertenece a las virtudes cardinales, junto con la justicia, la fortaleza y la templanza. El Catecismo la presenta como una virtud de la razón práctica.
Su tarea es mirar una situación concreta y preguntarse:
¿Qué es realmente bueno aquí?
¿Qué debo hacer?
¿Cómo puedo hacerlo correctamente?
¿Qué consecuencias debo considerar?
¿Qué medios son adecuados?
Por eso la prudencia está relacionada con el discernimiento.
Imaginemos una discusión familiar.
Una persona puede decir: «Tengo que decir la verdad».
Eso es correcto.
Pero todavía queda otra pregunta: ¿cómo decirla?
Puede hablar en el peor momento, delante de otras personas, con palabras humillantes y una actitud agresiva.
O puede buscar un momento apropiado, hablar con claridad y respeto y procurar verdaderamente el bien de la relación.
La verdad no cambió.
La manera de comunicarla sí.
Ahí entra la prudencia.
Esto muestra por qué prudencia no significa cobardía.
A veces la decisión prudente será hablar.
Otras veces será esperar.
En una ocasión será actuar rápidamente.
En otra será pedir consejo antes de decidir.
La prudencia no tiene una respuesta automática porque trabaja con circunstancias concretas.
Y tampoco significa calcular únicamente qué nos conviene.
Una persona puede ser muy hábil para proteger sus propios intereses y, sin embargo, actuar de manera moralmente incorrecta.
La prudencia cristiana busca el verdadero bien.
Por eso necesita estar iluminada por la razón y la fe.
Si confundimos «lo que me conviene» con «lo que es bueno», nuestra capacidad de calcular puede terminar poniéndose al servicio de una mala decisión.
También necesitamos distinguir prudencia de indecisión.
Una persona puede analizar tanto una situación que nunca termina tomando una decisión.
Eso tampoco es prudencia.
La prudencia existe para orientar la acción.
Discierne y después ayuda a elegir.
Por eso una persona prudente puede ser muy valiente.
Puede denunciar una injusticia.
Puede decir que no.
Puede defender a alguien vulnerable.
Puede abandonar una situación dañina.
Puede pedir perdón.
Puede aceptar una responsabilidad difícil.
Puede tomar una decisión que sabe que le traerá sacrificios.
Nada de eso es contrario a la prudencia.
Al contrario: puede ser precisamente fruto de ella.
La prudencia también aprende de la experiencia.
No significa esperar a tener certeza absoluta sobre todo.
Significa utilizar correctamente los recursos disponibles: oración, formación, experiencia, consejo, conocimiento de la situación y reflexión.
Hay decisiones importantes en las que puede ser muy conveniente consultar a una persona sabia y confiable.
Pedir consejo no es falta de libertad.
Puede ser una expresión de prudencia.
Pero tampoco debemos convertir la prudencia en una excusa permanente para no actuar.
«Tengo que esperar el momento perfecto».
«Todavía no estoy seguro».
«Quizá después».
A veces esas frases esconden miedo.
La prudencia pregunta por el bien real, no por nuestra comodidad.
Esto es especialmente importante en la vida cristiana.
Tal vez sabemos que necesitamos reconciliarnos con alguien, pero esperamos indefinidamente «el momento perfecto».
Tal vez sabemos que debemos abandonar una ocasión próxima de pecado, pero seguimos negociando con ella.
Tal vez debemos defender una verdad, pero callamos únicamente para evitar críticas.
La prudencia no siempre nos lleva por el camino más cómodo.
Nos lleva por el camino correcto.
Y para hacerlo necesita también otras virtudes.
La justicia nos ayuda a dar a cada uno lo que corresponde.
La fortaleza nos ayuda a perseverar ante las dificultades.
La templanza ordena nuestros deseos.
La prudencia ayuda a discernir cómo actuar en las circunstancias concretas.
Por eso las virtudes no compiten entre sí.
Se necesitan.
Una persona puede tener buenas intenciones y actuar imprudentemente.
Puede querer defender una causa justa y hacerlo de una manera que cause un daño innecesario.
Puede querer ayudar y terminar perjudicando.
Puede querer decir la verdad y destruir a la persona que la escucha.
La buena intención necesita también una buena elección de medios.
Ahí aparece la prudencia.
Quizá por eso una de las oraciones más sencillas que podemos hacer antes de una decisión importante sea:
«Señor, muéstrame el verdadero bien y dame sabiduría para elegir cómo realizarlo».
La prudencia no apaga la valentía.
La orienta.
No elimina la acción.
La ordena.
No nos enseña a escondernos del riesgo.
Nos enseña a distinguir entre un riesgo que vale la pena asumir por el bien y un peligro que nace simplemente de nuestra impulsividad.
Ser prudente, en definitiva, no es vivir con miedo a equivocarse.
Es aprender a mirar la realidad con los ojos abiertos, buscar el bien verdadero y elegir con libertad los medios adecuados para alcanzarlo.
Porque una vida cristiana madura no consiste únicamente en querer hacer el bien.
También necesita aprender cómo hacerlo.






