Es ridículo de terminar siendo culpable por llamar a las cosas por su nombre. Es necesario tener la honestidad (o la osadía) de señalar las cosas de manera directa.
A veces solemos expresar ideas a través de eufemismos, correcciones políticas extremas o censura corporativa y digital, castigando al emisor bajo acusaciones de «insensibilidad», «polarización» o «falta de tacto».
* «Optimización de personal» en lugar de despido masivo.
* «Crecimiento negativo» en lugar de pérdidas financieras.
* «Intercambio de opiniones asimétrico» en lugar de abuso de poder.
- Aborto es asesinar un niño en la pancita de mamá y no una «interrupción del embarazo, Ridículo eufemismo para una dramática y dolorosa realidad de muerte
- Hombre es hombre y mujer es mujer. Si inclusión, como se llama en este tiempo, aleja la verdad y la realidad, no es inclusión, es mentira.
Quien rompe este código implícito de cortesía artificial y opta por la crudeza descriptiva es percibido como un agente disruptivo que atenta contra el orden o la armonía del grupo.
No llamar a las cosas por su nombre es hacerlas invisibles, ocultarlas y desposeerlas de la posibilidad de enmendarlas.
Lejos de invocar, el falso nombre no solo evita que comparezca, sino que obtura el grito de lo real con palabras que solo hacen ruido.
Y así en el perverso arte de no llamar a las cosas por su nombre la realidad es suplantada por un tejido lingüístico cuyo significado nos hace olvidar lo que realmente está en juego.
Una guerra puede ser entendida eufemísticamente como un “conflicto armado”, lo que supone una deformación.
Pero no se olvide lo que está en juego y quién está en juego: quien agrede a una persona es un agresor, quien la maltrata un maltratador, quien la viola, un violador y quien no ofrece un sueldo digno es un explotador.
A veces no queda más remedio que apelar a la crudeza del lenguaje y que donde hay eufemismos y frases hechas, comparezca el dolor y la grieta en frases deshechas. Aunque no guste oírlo.






