Cómo educar a los hijos en el buen gusto

Escrito por Jorge Sotomayor

06/14/2026

Como padres, es nuestro deber educar a nuestros hijos para distinguir entre lo bueno y lo malo, especialmente en lo que conviene para su alma. Aquí unos puntos de reflexión

Aningún niño le gusta el café la primera vez que lo prueba. Hace una mueca, pide agua y te mira como si acabaras de ofrecerle un castigo. Sin embargo, millones de adultos pagan gustosos por una taza. ¿Qué ha ocurrido entre una cosa y la otra? Exactamente eso: que podemos educar el gusto en los hijos.

¿Se puede educar el gusto?

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Vivimos convencidos de que sí se puede educar la inteligencia, la voluntad e incluso el cuerpo. Sin embargo, cuando hablamos del gusto, parece que hemos firmado una rendición colectiva. «Para gustos, colores», repetimos. O aquella otra sentencia que ha adquirido categoría de dogma moderno: «En gustos no hay nada escrito».

Pero ¿y si no fuera verdad?

La propia RAE define el gusto como la capacidad de apreciar lo bello o lo feo. No habla de algo fijo e inmutable, sino de una facultad que puede desarrollarse. Igual que un oído aprende a distinguir matices musicales o un paladar aprende a reconocer sabores que antes pasaban desapercibidos, también el gusto puede crecer.

Y se puede educar en casi todo: en la pintura, en la música, en la literatura, en la moda, en la gastronomía o en la manera de comportarse. Porque hay algo que nuestra época relativista parece empeñada en negar: no todo tiene el mismo valor.

Lo bello siempre destaca de lo malo

Basta un ejemplo sencillo. La imagen de una madre besando a su bebé no provoca rechazo en nadie. La de una persona torturando a otra sí. Hay algo en nuestro interior que reconoce intuitivamente la diferencia. Lo bueno atrae. Lo malo repele. La belleza y el bien caminan juntos porque parten de una misma esencia.

Por eso resulta tan importante enseñar a los niños a mirar más allá de lo inmediato. Que algo sea popular no significa que sea bueno. Que una canción se repita mil veces en la radio no la convierte automáticamente en una obra maestra. El olor del ajo también se queda durante horas en la boca y nadie lo confunde por eso con un plato digno de una estrella Michelin.

Educar el gusto empieza enseñando a ser críticos. Escuchar buena música, ver grandes películas, contemplar obras de arte y explicarlas, leer buenos libros o cuidar los pequeños detalles de la vida cotidiana amplía el horizonte de satisfacciones posibles.

Enseñar a los pequeños del hogar

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Si un niño crece en una casa donde se cuida la forma de vestir, donde se le explica que la propia imagen también es una manera de respetar a los demás, acabará comprendiendo algo que para otros parecerá una pérdida absurda de tiempo o dinero. No porque haya nacido con un gusto especial, sino porque alguien se lo enseñó.

Y si hay un ámbito donde esto se aprecia de forma especialmente clara es en la vida espiritual. También existe un gusto por lo eterno. Cuando una persona aprende a buscar la voluntad de Dios por encima de la opinión del momento, cuando apuesta por las buenas obras, por servir sin esperar recompensa, por dedicar tiempo a la oración, por cuidar a quienes nadie valora, descubre una satisfacción distinta. Más profunda. Más estable, más plena.

La exigencia de lo bello

Por eso merece la pena que los niños tengan la oportunidad de encontrarse con Dios desde pequeños. Basta una experiencia auténtica, una sola, para que quede grabada en el alma. Quizá pasen años. Quizá se alejen. 

Quizá recorran caminos inesperados. Pero quien ha saboreado algo verdaderamente grande nunca lo olvida del todo. Porque el gusto puede educarse. Y cuando se educa para reconocer la Belleza con mayúsculas, ninguna otra satisfacción llega tan lejos.

 


Fuente: ALETEIA

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