Dios no llama solo a unos pocos…
llama en todas las etapas de la vida.
Existe una vocación hermosa y muchas veces desconocida: el diaconado permanente.
Hombres, incluso casados, pueden ser llamados a servir a la Iglesia de una forma profunda y sacramental.
No son sacerdotes… pero participan de un ministerio real.
Proclaman el Evangelio, sirven en el altar, acompañan a los más necesitados, bautizan y bendicen matrimonios.
Son signo vivo de Cristo servidor.
Su vida es un puente entre el mundo y la Iglesia.
En su familia, en su trabajo, en su comunidad… llevan el Evangelio encarnado.
Es un recordatorio poderoso:
la santidad no está reservada a un estado de vida…
está abierta a todos los que dicen “sí”.
Quizás Dios no te llama a dejarlo todo…
pero sí a entregarlo todo donde estás.






