Exprésate. Nombra lo que te pasa. Escríbelo. Convérsalo con personas de confianza. Busca un espacio terapéutico. Dale forma, ordénalo. Cántalo. Transfórmalo en creación.
Si sentís la necesidad de ser escuchado por la persona o grupo, recordá: que a veces podrán escucharte, a veces no. Pero, aun así, expresar tu verdad ya alivia. Esa piedra empieza a soltarse cuando la nombras.
No necesitás que quien te hizo daño cambie, ni que pida disculpas, ni que lo reconozca para poder desahogarte. No desahogarse es esencial. Porque el peso de lo no dicho se vuelve el peso de lo no elaborado, y cuando la emoción se atraganta, puede crecer hasta desbordar. Dejar un testimonio —según tu estilo, tu lenguaje, tu historia— también puede ser sanador.
Y tené presente: no insistas indefinidamente cuando veas que no hay peor sordo que quien no quiere escuchar. Soltar, ordenar, expresar. Lo importante es no quedártelo adentro. Pasito a pasito, todos los días un poco. Y nunca te olvides que el humor también es salud.






