Esta respuesta es para ti

Escrito por Jorge Sotomayor

06/18/2026

¿Cómo mantener la fe cuando las cosas empeoran en lugar de mejorar?

Esta respuesta es para ti

El golpe más duro para nuestra fe ocurre cuando, después de haber rezado con fervor, ayunado y confiado en Dios, la tormenta no cesa, sino que arrecia. El negocio quiebra, la enfermedad avanza o el dolor familiar se agrava. Es en ese desierto donde el enemigo susurra la duda más destructiva al oído del creyente: «Dios no te escucha, Dios te ha abandonado».

El error fundamental radica en creer que la fe es un contrato comercial con el Cielo, donde nosotros entregamos oraciones y Dios está obligado a devolvernos soluciones inmediatas a nuestra medida. Si tu fe depende de que las circunstancias jueguen a tu favor, entonces no estás adorando a Dios, sino a tus propios planes. La fe verdadera no es la certeza de que Dios cambiará las cosas según nuestros deseos, sino la convicción absoluta de que Dios es bueno, incluso cuando todo a nuestro alrededor parece desmoronarse.

Cuando las cosas empeoran, Dios no está ausente; está purificando tu amor. San Juan de la Cruz explicaba que el alma debe atravesar la «noche oscura» para desapegarse de los consuelos de Dios y aprender a amar al Dios de los consuelos. En la prosperidad es fácil alabar, pero es en la adversidad prolongada donde se mide la autenticidad de tu discipulado. Si Cristo permaneció en la Cruz hasta el final, no fue porque su Padre lo hubiera abandonado, sino porque la victoria total exigía pasar por la muerte.

Su Santidad León XIV ha exhortado recientemente a los fieles a redescubrir la virtud de la esperanza teologal en tiempos de tribulación. La esperanza no es un optimismo ingenuo, sino el ancla arrojada en la eternidad. Dios permite que tus fuerzas humanas se agoten para que dejes de sostenerte en tu propio orgullo y permitas que sea su gracia la que actúe en tu debilidad.

Si hoy sientes que no puedes más y que todo empeora, no busques explicaciones racionales. Ve al Sagrario o dobla las rodillas en tu habitación y dile: «Señor, no entiendo nada, pero confío en ti». Esa oración en la oscuridad total tiene más valor a los ojos de Dios que mil cantos de alabanza en tiempos de paz. Tu historia no termina en el Calvario; la última palabra siempre le pertenece a la Resurrección.

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