Se obliga a los profesionales que se nieguen a derivar al paciente a otro colega dispuesto a ejecutar el procedimiento. El presidente del Senado, Gérard Larcher, anunció que recurrirá la ley ante el Consejo Constitucional
La Asamblea Nacional de Francia aprobó este miércoles una ley que legaliza la eutanasia y el suicidio asistido para adultos con enfermedades incurables y sufrimientos considerados «insoportables».
La norma, que obtuvo 291 votos a favor y 241 en contra, culmina más de un año de debates y tensiones entre la Cámara baja y el Senado.
Con esta decisión, Francia se suma al reducido grupo de países que han optado por convertir la muerte en un «derecho», pese a las advertencias de médicos, juristas y líderes religiosos.
La ley permite solicitar la ayuda médica para morir a quienes sean mayores de edad, tengan nacionalidad francesa o residencia legal, y padezcan una enfermedad grave, incurable y en fase avanzada o terminal.
El sufrimiento puede ser físico o psicológico, siempre que se considere «sin posibilidad de alivio». La petición debe hacerse por escrito y el médico tiene 15 días para responder tras consultar a otros profesionales. Si se aprueba, el paciente debe confirmar su decisión después de un periodo mínimo de reflexión de dos días.
El texto contempla alternativas como los cuidados paliativos, pero la realidad es que la ley normaliza la idea de que, ante el dolor, la salida legítima es acelerar la muerte. Cuando el paciente no pueda autoadministrarse la medicación letal, un médico o enfermero podrá hacerlo en su lugar.
Objeción de conciencia… con límites preocupantes
Aunque la norma reconoce la objeción de conciencia, obliga a los profesionales que se nieguen a derivar al paciente a otro colega dispuesto a ejecutar el procedimiento. En la práctica, esto convierte la objeción en un trámite administrativo y no en una verdadera protección ética.
Centros médicos y sociales dedicados al final de la vida, que rechazan tanto la eutanasia como el encarnizamiento terapéutico, han advertido que esta obligación podría vulnerar su identidad y su misión.
El presidente Emmanuel Macron, impulsor de la iniciativa desde 2024, agradeció el «debate democrático» y el trabajo parlamentario.
Sin embargo, la Iglesia francesa calificó la aprobación como una ruptura grave en la historia del país, alertando sobre las consecuencias culturales y sociales: una sociedad que empieza a considerar la muerte como respuesta al sufrimiento termina debilitando su relación con la vejez, la discapacidad y la enfermedad.
El presidente del Senado, Gérard Larcher, anunció que recurrirá la ley ante el Consejo Constitucional, que ya está revisando aspectos polémicos como el plazo de reflexión y las condiciones aplicables a personas bajo tutela judicial.
Desde 2016, Francia permitía la sedación profunda y continua para enfermos terminales.
La nueva ley va mucho más allá: institucionaliza la idea de que la vida puede dejar de ser digna cuando el sufrimiento aparece. En lugar de reforzar los cuidados paliativos, la compañía, el acompañamiento y la medicina humanizada, el Estado opta por ofrecer la muerte como salida.
Francia redefine así su marco legal sobre el final de la vida, pero también envía un mensaje inquietante: cuando la fragilidad se vuelve difícil, la solución es desaparecerla.
Fuente: RELIGIÓN EN LIBERTAD






