Para los exorcistas, enseguida se convierte en una forma de espiritismo (invocación de espíritus); además de quitar libertad (acumulas supuestas cargas de antepasados). Las constelaciones familiares buscan conectar con cierta energía y traumas de antepasados, en parte es espiritismo, invoca espíritus
La Asociación Internacional de Exorcistas ha dedicado en su web en italiano bastante espacio a advertir de los problemas de la pseudoterapia llamada «constelaciones familiares», que se presenta como una técnica de psicoterapia.
La diseñó y difundió el alemán Bert Hellinger (1925-2019), que fue sacerdote católico y misionero en Sudáfrica, muy atento a las tradiciones de los zulúes sobre el contacto con los antepasados, y muy cercano a la teosofía, «una doctrina esotérica y sincrética con vínculos masónicos». Hellinger fue sacerdote menos de 20 años: hacia 1971, con unos 45 años, abandonó el sacerdocio, y más adelante la fe.
Hellinger se dedicó al estudio del psicoanálisis, a las técnicas de la estadounidense Virginia Satir y sus «esculturas familiares» (una terapia de grupo dinámica) y técnicas de psicodrama inspiradas en Jacob Levi Moreno.
La Asociación de Exorcistas cita a un espiritista que conoce y usa las dinámicas de constelaciones familiares: «La familia es una constelación, en la que el padre es el sol, la madre es la luna, los hijos son las estrellas que giran alrededor de este conjunto. Los demás parientes son asteroides».
Los traumas vividos por otros, incluso por nuestros antepasados, nos afectarían a un nivel espiritual o energético, y esa «energía» debe ser «realineada», dicen sus adherentes. En las terapias de grupo se busca que fluya esa supuesta «energía».
A menudo se pide al participante que hable al terapeuta de traumas graves en su familia, como muertes, suicidios, enfermedades, rupturas familiares… Pero otras veces se llegan a revelar conocimientos de asuntos familiares que, por vías naturales, parecen inaccesibles.
El terapeuta mezcla persuasión, sugestión mental e inducción, con doctrinas animistas y pseudomísticas, para que los participantes se convenzan de estar «conectados» con la «energía».
Dentro de esta mescolanza es fácil introducir la creencia en la reencarnación, la idea de que ciertas culpas o sufrimientos se han heredado de algún antepasado y de que para sanar es necesario cumplir ciertos rituales iniciáticos e invocar ese «energía» (una forma de invocación de espíritus de «antepasados»), lo que no deja de ser espiritismo.
Rubens Miraglia Zani, sacerdote canonista y exorcista de la diócesis de Bauru (Brasil), asesor de la IAE en este asunto, recuerda que al caer en prácticas espiritistas «se propicia la acción extraordinaria del demonio».
Este exorcista considera que las constelaciones familiares son «un sustituto muy pálido y erróneo» de la comunión de los santos, que es la conexión real entre los santos del Cielo, las personas en gracia en la Tierra y Dios a través de Cristo.
«¡La influencia familiar no significa que estemos encadenados al pasado! Dios nos ha dado la libertad de luchar y mejorar. Solos, no podemos alcanzar la liberación del alma. Por eso Cristo vino a romper las cadenas del pecado ofreciendo a la humanidad un nuevo sentido a la vida. Esto no será posible si no hay integración con su gracia», explica el obispo exorcista.
- En un artículo en el diario ABC, el periodista José Ramón Navarro cuenta lo que vivió en una sesión de constelaciones familiares y lo que investigó sobre esta pseudoterapia.
La AIE publica en su web un testimonio concreto de una persona que participó en diez sesiones de constelaciones familiares, que reproducimos.
Un testimonio sobre las «constelaciones familiares»
Conocí esta práctica después de que a mi tía le diagnosticaran cáncer. A través de un folleto, se enteró de un psicoterapeuta que practicaba las «constelaciones familiares».
Preocupada por su enfermedad, quiso probarla y luego comentarla con mi madre y conmigo. Asistí a esas sesiones unas diez veces.
Esta práctica tiene diversas modalidades —algunas, por ejemplo, utilizan títeres—, pero este psicoterapeuta trabajaba con un grupo de unas diez, a veces quince personas. La sesión comenzaba con él invocando una luz benéfica, invitando a los presentes a respirar aire puro, expulsar el aire viciado y luego imaginar que esa luz entraba en el cuerpo para purificarlo. Era una especie de meditación relajante.
El mensaje inicial del psicoterapeuta era positivo, pero luego invitaba a los presentes a acercarse, susurrándoles al oído una pregunta sobre algo que les tocaba el corazón: una enfermedad o un problema vital sin resolver.
Nos sentábamos en círculo, y la persona que hacía la pregunta se sentaba a su lado. A su vez, el psicoterapeuta le susurraba a la persona que sufría que eligiera a alguien de entre los presentes y que personificara su enfermedad o problema.
La persona desconocía el origen de sus preocupaciones. Todo ocurría mediante miradas, tomarse de la mano y comunicación telepática. Así, el paciente identificaba al otro con su enfermedad o problema y lo colocaba en el centro del círculo. Se le pedía a la persona elegida que permaneciera relajada, ajena a todo y a la espera de instrucciones.
Luego, se le pedía a la siguiente persona, siempre a través de la primera, invocando a los ancestros, las enfermedades y al mismo Dios, asignando nuevos roles a diferentes personas con niveles crecientes de implicación.
El número de personas en el centro del círculo aumentaba, pues era el psicoterapeuta quien, según las necesidades, determinaba cuántas personas debían participar, especificando que cada caso era diferente en función de su resolución. Por este motivo, podrían ser necesarias más sesiones.
Una vez, mi madre hizo una pregunta, y en el centro del círculo se encontraba una persona que no nos conocía ni a nosotros dos ni a nuestra familia; sin embargo, tras ser interrogada mentalmente, esta persona fue capaz de decir las mismas cosas que mi abuelo había dicho en vida. Esto me asombró.
Este fenómeno impactó a los presentes y despertó gran interés en esta práctica. Pero en ese momento, y con el tiempo, tras diversos acontecimientos, comprendí el peligro de la situación. Mientras tanto, las personas presentes conversaban entre sí, interactuando, y de esta manera el psicoterapeuta estudiaba la dinámica, para luego pedirle a la «figura» que representara explícitamente, a través de ellos, los roles familiares implícitos en la vida de cada persona presente.
Había mucha libertad en la conversación, y él también nos animaba a expresar libremente nuestras ansiedades y problemas. Al mismo tiempo, quería garantizar cierto nivel de confidencialidad: en resumen, una dinámica muy variada donde, sin embargo, él siempre llevaba la batuta.
A veces hablábamos de abortos. En ese caso, la persona, la «figura» involucrada, se tumbaba espontáneamente en el suelo con los ojos cerrados, indicando a una persona fallecida o a un niño abortado (el asunto no resuelto de quien había pensado en ellos). Algunos incluso empezaban a llorar o a temblar. En estos casos, el psicoterapeuta los liberaba de ese sufrimiento, creyendo que estaba sanando el árbol genealógico condicionado por muertes brutales o traumas no resueltos.
Tras esta fase de inmersión, nos hacía sentarnos de nuevo para meditar. Afirmaba que de esta forma nos permitía «descargarnos» de nuestras experiencias, porque toda la terapia se desarrollaba a nivel espiritual. Si esto no hubiera ocurrido, alguien podría haber manifestado otras reacciones, que él habría manejado discretamente, pidiéndonos primero que nos marcháramos.
Lo cierto es que todos éramos conscientes y nada ocurría fuera de nuestro control: si hubiéramos tenido reservas sobre hacer o decir algo en el momento de «representar» la pregunta, no nos habría obligado.
En mi proceso de conversión, al reflexionar sobre mi pasado, me di cuenta de que las cosas habían empeorado cada vez más desde que comencé esta práctica. Lo que había pedido no se había resuelto; de hecho, tras un período de aparente calma que daba la ilusión de una solución, todo parecía complicarse aún más. En casa, la relación entre mi madre y mi tía se había deteriorado: no había armonía, y lo asocio con esas sesiones.
Una vez que me encontré en el centro de la terapia, como una «figura» que ayudaba en la resolución, aunque estaba consciente, sentía que algo me empujaba a hacer lo que se me pedía, como si una fuerza me impulsara. Tenía la capacidad de resistir, pero también podía elegir si hacer lo que esa fuerza me obligaba a hacer o decir algo para ayudar a la persona que le había hecho la pregunta al psicoterapeuta.
Para la resolución final, el psicoterapeuta solía hacer que las «figuras» pronunciaran frases que, según él, ayudaban a resolver el problema. Después de la sesión, se les pedía a los participantes que no hablaran del tema con nadie durante treinta días. Al final de este período, nos reunimos para compartir y dar testimonio sobre el progreso o la falta de progreso en nuestras vidas, en relación con la pregunta formulada treinta días antes.
Tanto yo como los demás participantes intentamos seguir la fuerza solo para ayudar a la persona que había hecho la pregunta. Una vez, me hice pasar por una persona fallecida y me tumbé en el suelo, sintiendo debilidad en las piernas y con los ojos cerrados.
Durante ese mismo período, no me había acercado a los sacramentos; la fe familiar era más una costumbre que otra cosa, pero en el fondo, ya sentía que esta situación no tenía sentido para mí, hasta el punto de que discutí con mi madre para disuadirla de eso y de otras prácticas, como el Reiki, para el cual había tomado un curso. Se había interesado en estas prácticas después de una serie de muertes en casa.
Cuando estaba en octavo grado, me llevó a una mujer que practicaba Reiki. Recuerdo haber llorado durante el tratamiento, y justificaron mis reacciones diciendo que probablemente estaba sufriendo y no podía expresarlo sin llorar. Después de todo, confiaba en mi madre; pensé que quería ayudarme. Entonces, gracias a Dios, a través de mi conversión y mi regreso a los sacramentos, me liberé de todo eso.
Fuente; RELIGIÓN EN LIBERTAD






