Hay elementos de la Misa que vemos tantas veces que dejamos de percibir su significado.
Uno de ellos es el mantel blanco que cubre el altar.
Puede parecer simplemente parte de la decoración.
No lo es.
El altar ocupa un lugar central en la celebración eucarística. Sobre él se realiza el memorial sacramental del sacrificio de Cristo y se prepara la mesa del banquete eucarístico. Por eso la Iglesia cuida también los signos externos que expresan la dignidad de lo que allí sucede.
La Instrucción General del Misal Romano establece que sobre el altar debe colocarse al menos un mantel de color blanco.
El color no es un capricho decorativo.
La sobriedad y la limpieza de los elementos litúrgicos ayudan a expresar que estamos ante una realidad sagrada.
Pero aquí hay algo importante: el mantel no tiene valor mágico.
No convierte por sí mismo una mesa en altar.
Tampoco debemos imaginar que Dios depende de un determinado objeto para estar presente.
El significado está dentro de toda la acción litúrgica de la Iglesia.
El altar es preparado.
Los vasos sagrados se disponen adecuadamente.
El pan y el vino son presentados.
La comunidad se reúne.
El sacerdote celebra.
Y todo el conjunto manifiesta que la Eucaristía no es una reunión improvisada, sino una acción sagrada de la Iglesia.
Por eso la preparación del altar también puede enseñarnos algo sobre nuestra propia preparación interior.
Cuando alguien recibe una visita importante, limpia y ordena la casa.
Cuando esperamos una celebración especial, cuidamos los detalles.
En la Misa, la Iglesia expresa exteriormente que el encuentro con Cristo merece reverencia.
Pero no debemos quedarnos solamente con la apariencia.
Podemos tener un altar perfectamente preparado y, al mismo tiempo, un corazón distraído.
La belleza litúrgica debe ayudarnos a entrar en el misterio, no convertirse en un espectáculo.
Por eso el mantel blanco puede recordarnos una pregunta más profunda:
¿Cómo estoy llegando yo al altar?
¿Con atención?
¿Con fe?
¿Con respeto?
¿Con conciencia de lo que se celebra?
La liturgia educa también nuestros sentidos.
Nos enseña a mirar, escuchar, permanecer de pie, arrodillarnos o sentarnos en los momentos correspondientes. Los signos exteriores pueden ayudarnos a comprender realidades interiores.
El altar preparado nos habla de una mesa que no es común.
Nos habla de Cristo.
Nos habla de la Eucaristía.
Nos habla de un pueblo reunido.
Y nos recuerda que acercarnos al misterio de Dios nunca debería convertirse en una rutina vacía.
La próxima vez que veas el altar cubierto con su mantel blanco, no lo mires simplemente como parte del mobiliario.
Míralo como uno de los signos visibles de una celebración en la que la Iglesia se dispone, con reverencia, a encontrarse con su Señor.






