SIN PALABRAS

Escrito por Jorge Sotomayor

06/27/2025

En la mañana del 22 de febrero de 1911, un inventor llamado Gastón Hervieu subió a la Torre Eiffel para probar un nuevo paracaídas que había diseñado para los pilotos. Revisó la velocidad del viento, tomó un respiro para calmar los nervios y empezó la prueba. Su paracaídas funcionó perfectamente descendiendo con seguridad hasta el suelo. Gastón no realizó el salto personalmente, sino que le aseguró un maniquí de 75 kilos al paracaídas.

Otro inventor en la carrera para perfeccionar el paracaídas pensó que este había sido un acto de cobardía. Reichelt, un sastre austriaco, denunció que Gastón había usado un maniquí y un año más tarde llegó a la Torre para demostrar que tenía razón – y que su paracaídas era superior.

Mientras posaba para la multitud de reporteros y fotógrafos, anunció: “Estoy tan convencido de que mi paracaídas va a funcionar que yo mismo saltaré con él”.

Gastón estaba allí y sostuvo a Reichelt para intentar disuadirlo. Había razones técnicas por las que no podía funcionar. Para empezar, estaba usando menos de la mitad de la cantidad de tela que se utilizaba en los paracaídas probados. Un equipo de expertos también habían dado su opinión y le advirtieron a Reichelt, que el paracaídas era demasiado pequeño probablemente se rompería el cuello en la caída.

Al final, resultó que no iba a ignorar a todos, sino que también iba a ignorar a su propia experiencia. Él ya había probado este paracaídas con maniquíes y todos se habían estrellado. Él mismo lo había probado saltando de 9 metros en un pajar y se había estrellado, lo había probado a 6 metros sin la paja y se había roto una pierna al caer.

Pero no quería escuchar a nadie y siguió adelante.

Los periodistas que cubrieron el acontecimiento registraron que cuando saltó de la torre, cayó durante casi cinco segundos acelerando constantemente hasta golpear el suelo a 95 kilómetros por hora. Murió instantáneamente.

Él se convirtió en un ejemplo dramático de las tantas tragedias que vemos hoy; pero también se convirtió en un ejemplo de alguien que carece lo que llamamos sentido común.

A este hombre no le faltó educación, tampoco le faltaba un buen trabajo; no le faltó valor, determinación o persistencia:

  • le faltó sentido común para aplicar lo que había aprendido en el pasado en lo que pensaba hacer en el futuro;
  • le faltó sentido común para saber cuándo escuchar en lugar de hablar;
  • le faltó ese importante, intangible y protector sentido común, que ya no es tan común que digamos.

Un sentido común poco común.

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