¿Por qué los niños tienen una fe más pura?

Escrito por Jorge Sotomayor

06/24/2026

Sección: Lo que creemos

Por qué los niños tienen una fe más pura que los adultos — y lo que perdemos al crecer

«Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos». Estas palabras de Jesucristo no son una metáfora poética, sino una advertencia teológica fundamental. A menudo pensamos que la madurez espiritual consiste en acumular tratados doctrinales y argumentos complejos, pero la realidad del Evangelio apunta en la dirección contraria: al crecer, solemos perder la pureza del alma.

La fe de un niño es pura porque está desprovista de dos grandes venenos espirituales que asfixian al adulto: el orgullo de la autosuficiencia y la sospecha constante. Un niño no necesita calcular los riesgos antes de arrodillarse a rezar, ni exige pruebas de laboratorio para creer que Jesús está verdaderamente escondido en la Hostia Santa. El pequeño no razona desde la desconfianza; razona desde el amor filial.

Al madurar en el mundo secular, el ser humano aprende a blindar su corazón. Sustituimos la capacidad de asombro por el cinismo, y la confianza ciega en la Providencia por la ansiedad del control absoluto. El adulto calcula, negocia, busca su propio interés y analiza los misterios de la gracia bajo el prisma de la utilidad material. En ese proceso de supuesta intelectualización, la fe se vuelve fría, rígida y condicional.

Como nos recuerda el magisterio del Papa León XIV, el camino de la santidad no es un ascenso hacia la soberbia intelectual, sino un descenso hacia la santa infancia espiritual. Hacerse niño no significa ser ingenuo o ignorante, sino reconocer con humildad nuestra absoluta indigencia ante Dios. Significa entender que, ante el Padre Celestial, ninguno de nuestros títulos terrestres nos sostiene.

Lo que perdemos al crecer es la capacidad de dejarnos sostener. El niño sabe que es débil y por eso aprieta con fuerza la mano de su padre. Recuperar esa pureza implica desaprender las mañas del mundo, derribar los altares de nuestro propio ego y volver al Sagrario con la mirada limpia de quien sabe que no lo controla todo, pero lo espera todo de Dios.

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