En mi escuela, la mayoría de los maestros se marchaban apenas sonaba la campana.
Todos… excepto el profesor Enrique.
Yo también acostumbraba salir disparado, siempre.
Hasta que un día la curiosidad me ganó. Fingí que esperaba a que vinieran por mí, solo para ver qué hacía él cuando nadie lo observaba.
El salón fue quedando vacío, el pasillo en silencio.
Y ahí estaba él: acomodó un par de sillas, cerró su maletín y sacó una libreta marrón.
Se sentó tranquilo, apoyó el codo en la mesa y empezó a escribir despacio.
No parecía revisar exámenes.
Tampoco la lista de asistencia. Desde donde estaba, no podía ver con claridad.
Me pregunté: ¿qué estará apuntando?
Entonces la secretaria lo llamó desde la puerta.
El profesor se levantó y salió, dejando la libreta abierta.
Me acerqué. Y leí lo que había escrito.
– Lucía levantó la mano por primera vez en semanas.
– Marcos leyó un párrafo sin trabarse. Sonrió cuando lo felicité.
– Diego estuvo más distraído de lo normal. Sentarlo cerca la próxima clase.
Y el mío:
– Marcos se quedó un rato hoy.
Fingió esperar a alguien, pero creo que solo tenía curiosidad.
Posible señal de apertura. Observar próximas sesiones.
Sentí un nudo en la garganta. No sabía qué me sorprendía más: que supiera que yo había fingido o que eso le pareciera importante.
De pronto escuché su voz detrás de mí.
—¿Lo leíste? —dijo sin enojo.
Me giré despacio, pensando que se molestaría.
Pero solo cerró la libreta con cuidado y me dijo:
—No es un secreto. Es mi forma de no olvidar lo que realmente importa.
—Porque es fácil no darse cuenta…
de quién dejó de participar de repente.
De quién ya no sonríe como antes.
De quién se cambió de lugar y ahora se esconde al fondo.
—Los profesores solemos creer que los alumnos solo vienen a aprender materias.
Pero también traen sus propios silencios, sus problemas, sus cargas. Y todo eso entra con ellos al salón.
—Yo escribo para no perderlo de vista.
Porque enseñar no se trata únicamente de explicar o poner calificaciones.
Se trata de observar un poco más, escuchar un poco más y notar lo que cambia aunque nadie lo diga en voz alta.
Ese día, sin proponérselo, el profe me dio una lección que no estaba en ningún libro:
Que ser maestro no significa solo impartir temas ni llenar libretas de notas, sino mirar con atención y recordar que cada estudiante lleva su propia historia.
Una que también merece ser cuidada.






