A la espera…
Después de hablar de James Martin y del Camino Sinodal alemán, ahora toca este tema. Tenía que llegar el momento de hablar del Sínodo de la Sinodalidad. No porque sea el tema más urgente del mundo, ni mucho menos, pero sí porque está siendo fuente de mucha confusión en la Iglesia y hay que poner las cosas en su sitio.
No es una mala idea
El Sinodo de la sinodalidad tiene cosas muy buenas. La idea de fondo del Sínodo es razonable y tiene tradición. La Iglesia siempre ha vivido algo que nosotros llamamos corresponsabilidad: la participación del pueblo de Dios en la vida, la misión y su consejo en la toma de decisiones de la comunidad eclesial. Los laicos no son peones de los curas, el sacerdote no es el dueño de la parroquia, y la Iglesia camina mejor cuando todos aportan desde su vocación específica.
Además, en los fieles hay un sensus fidelium que atiende a la voz del Espíritu Santo, y que hay que escuchar también (siempre que no vaya contra la doctrina de la Iglesia…).
Todo esto es verdad, está en el Concilio Vaticano II, y yo lo vivo cada día en mis tres parroquias. Contar con los laicos, escucharlos, hacerles corresponsables de la vida comunitaria es algo hermoso y necesario. Es algo normal, cotidiano y que pasa en todas las parroquias normales del mundo entero, no tiene ninguna novedad.
El problema está en lo que ha pasado con el proceso sinodal…
La conversación en el Espíritu
El método central del Sínodo ha sido la llamada «conversación en el Espíritu»: grupos pequeños donde cada participante comparte desde su experiencia personal, escuchando antes de responder, buscando lo que el Espíritu dice a través de cada voz. Bien utilizado, tiene valor real. Ayuda a que hablen los que normalmente callan, a que se escuchen perspectivas que en un debate clásico quedarían tapadas por los más elocuentes, a que el diálogo tenga una dimensión contemplativa que un debate parlamentario nunca tendrá.
Yo era escéptico respecto de este tema, pero es verdad que después lo he utilizado en mis parroquias y grupos y ayuda mucho a que la gente se escuche y a que hablen todos.
El riesgo, y es un riesgo serio que varios participantes en el Sínodo señalaron, es que ese formato dificulta el debate teológico de fondo. Cuando las intervenciones quedan limitadas a compartir experiencias personales y el nivel de elaboración doctrinal queda necesariamente bajo, el proceso puede producir una impresión de consenso que en realidad no existe.
Es decir, que al final se habla de una forma superficial sobre cosas superficiales y no se llega al fondo de los problemas y al punto donde realmente la gente no está de acuerdo o se está separando de la doctrina de la Iglesia. El cardenal Zen lo señaló con su habitual franqueza: «Es todo psicología y sociología, nada de fe ni de teología.» Quizá es una frase exagerada, y el método tiene más valor del que Zen le concede, pero el peligro que señala es real: una Iglesia que escucha mucho y debate poco puede acabar confundiendo lo que la gente siente con lo que la fe enseña. Y esas son dos cosas distintas, aunque a veces puedan coincidir.
Varios obispos presentes reconocieron en privado su decepción por el nivel de las intervenciones y la dificultad de abordar cuestiones doctrinales con ese formato. No porque el método sea malo en sí, porque puede ser útil en su lugar y bien aplicado. Lo que pasa es que si se convierte en el único cauce de discernimiento en una asamblea que debía abordar temas de gran calado teológico, hace que las conclusiones sean muy limitadas, y luego se puedan “interpretar”. Ya me entendéis…
El relator general, pro gay
Y luego está el asunto del relator general. El cardenal Hollerich, arzobispo de Luxemburgo, elegido para ese papel central en el Sínodo, había declarado públicamente en 2022 que la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad era «errónea» y necesitaba cambiar.
Que alguien con esa opinión sea el relator general de un proceso que iba a tratar, entre otras cosas, la pastoral hacia personas con atracción al mismo sexo es una elección que habla por sí sola. Lo diré de otro modo: es como poner a alguien que cree que la tierra es plana a coordinar una conferencia de astronomía.
El proceso y los documentos
El cardenal Müller, ex prefecto de la Doctrina de la Fe, fue contundente sobre los documentos de trabajo que fueron produciéndose a lo largo del proceso. Los grupos de estudio sinodales, escribió, «no niegan abiertamente las verdades reveladas, pero las ignoran y construyen junto a ellas su propia casa de un cristianismo cómodo y mundanamente conformista.»
Su crítica central: se está construyendo artificialmente una oposición entre fidelidad doctrinal y cercanía pastoral, como si la enseñanza de la Iglesia fuera incompatible con la compasión. Eso es mentira. La compasión sin verdad no salva a nadie, y la caridad y la verdad deben ir siempre de la mano. Ya lo dijo alguien, Caritas in Veritate. ¿Os suena?
El cardenal Pell, poco antes de morir, había descrito el proceso sinodal como una «pesadilla tóxica» con una agenda «más política que eclesial y divina». Esa fue su experiencia y como tal hay que tomarla. Yo creo que es un poco exagerado, pero es verdad que también ese tipo de expresiones de gente como Pell, perseguido injustamente y encarcelado por un crimen que no había cometida, hay que escucharlas.
Decisiones muy poco sinodales…
Por si faltaba algo, cinco cardenales de cinco continentes (Burke, Brandmüller, Sarah, Zen y Sandoval) presentaron antes de la primera sesión unas dubia formales al Papa pidiendo clarificación sobre cinco puntos doctrinales concretos. Preguntas de sí o no, como manda el procedimiento. La respuesta que recibieron no siguió ese formato del «sí» o «no».
Los cardenales la consideraron insuficiente y la hicieron pública.
El resultado fue que Burke perdió su cargo en el Tribunal de la Signatura Apostólica. Que la Iglesia de la sinodalidad y la escucha haga que las preguntas formales de varios cardenales acaben en sanciones para quienes las formulan es, como mínimo, un gesto que invita a la reflexión.
¿Escuchamos a todos o solo a algunos? ¿Y castigamos a los que disienten? No lo sé, Rick…
Sobre lo que pasó exactamente en Roma durante esos años y por qué se tomaron algunas de las decisiones que se tomaron, solo Dios sabe. Él juzgará a los responsables.
La obsesión con lo gay (otra vez)
Lo que ha ocurrido con el Grupo de Estudio 9 del Sínodo merece un párrafo aparte. Y lo digo con la indignación que el asunto merece, porque hay cosas que uno lee y tiene que pellizcarse para creer que son reales.
El 5 de mayo de 2026, la Secretaría General del Sínodo publicó el informe final de ese grupo, dedicado al discernimiento de cuestiones doctrinales, pastorales y éticas. El documento proponía abandonar la expresión «cuestiones controvertidas» y sustituirla por un nuevo lenguaje centrado en la «conversión relacional» y la «hermenéutica de lo humano», donde la verdad no aparece formulada «de una vez para siempre» sino desarrollada históricamente en diálogo con culturas y experiencias personales. Vamos, lo de siempre: que para justificar el cambio de doctrina, lo que hacemos es decir que no hay que partir de la revelación, sino de escuchar lo que la gente vive para desde ahí cambiar la verdad. Relativismo con palabras más sofisticadas. Nihil novum sub soli.
Hasta ahí mal, pero previsible. Lo que ya no es previsible es lo que venía en el anexo: los testimonios de dos hombres casados con otros hombres, incluidos como referencia de la nueva pastoral que el documento proponía. Uno de ellos, un estadounidense que, casualidad de las casualidades, resulta ser conocido personal del padre James Martin.
Este buen hombre relataba su “experiencia” en Courage, el apostolado católico aprobado por la Iglesia para acompañar a personas con atracción homosexual que quieren vivir en castidad, describiéndola como un entorno marcado por la «soledad y la desesperanza». A partir de ese único testimonio, el informe concluía que Courage promovía «terapias reparativas» y producía «efectos devastadores». El documento añadía críticas directas a la doctrina y a algunas declaraciones recientes del Papa sobre homosexualidad y transexualidad. Vamos, que era una joyita.
Courage respondió contundentemente ante las mentiras el testimoniador exabruptó contra el movimiento.
El padre Brian Gannon, responsable de la organización, señaló que el informe era «incompleto, erróneo y ha causado dolor en muchos católicos», y que la tergiversación de Courage «hiere a sus miembros y proyecta una imagen errónea que perjudica la labor pastoral de la Santa Madre Iglesia». La organización calificó el texto de «calumnia y difamación» y denunció que se había incluido un testimonio crítico de su apostolado sin contrastar la información con la propia organización, algo elemental en cualquier proceso mínimamente honesto.
Conozco bien Courage y no tiene nada que ver lo que hacen con lo que dijo ese señor.
James Martin, por su parte, celebró el documento como «un cambio histórico». Eso lo dice todo.
El remate llega cuando, ante el escándalo generado, la Secretaría General del Sínodo salió a decir que el informe «no puede atribuirse a la Secretaría General» y que se trataba únicamente de «documentos de trabajo». Los documentos ni siquiera llevaban el logo oficial de la Secretaría, según explicaron.
Publicar algo bajo el paraguas del proceso sinodal y luego desvincularse cuando genera críticas es una maniobra que técnicamente tiene nombre, aunque no sea un nombre muy eclesiástico. Además, conviene no olvidar que los miembros del Grupo 9 son anónimos, es decir, que no sabemos quiénes son.
Llevo años acompañando a personas con atracción al mismo sexo que quieren vivir su fe, y estas cosas producen un gran daño en esas personas. Porque Courage existe precisamente para ofrecerles lo que la Iglesia siempre ha ofrecido: comunidad, verdad, castidad, sacramentos, acompañamiento humano y espiritual. Que un documento publicado en el marco del Sínodo lo trate como una amenaza a partir del testimonio de una sola persona con agenda conocida es una traición a quienes más necesitan que la Iglesia les respalde.
¿Qué hacemos con el Sínodo?
Entonces, ¿qué hacer con todo esto? A mí no me parece mal que el Sínodo de la Sinodalidad continúe, siempre que lo haga en el marco de la doctrina y disciplina de la Iglesia y no se use para cambiarlos; y de paso se expurgue de las personas que no están en comunión de la Iglesia y lo quieren utilizar con un fin manipulativo.
La corresponsabilidad es real y el Concilio la quiso. Los laicos tienen una vocación concreta en la Iglesia, tienen talentos, tienen una misión en la Iglesia que va mucho más allá de ejecutar lo que el párroco les diga. Necesitamos su iniciativa y su consejo. He escrito sobre esto en mi libro Célibes y felices, donde además señalo que, ante la actual pandemia de soledad, el sacerdote necesita a los laicos, los necesita como amigos, como colaboradores, como personas que le digan la verdad cuando hace falta.
El problema está en utilizar esa escucha sinodal para producir documentos ambiguos que apuntan hacia cambios doctrinales que nadie vota explícitamente, con una metodología que en algunos contextos impide el debate real y con un lenguaje diseñado para que cada sector lea en él lo que quiere leer.
La corresponsabilidad eclesial tiene un cauce: es la estructura jerárquica de la Iglesia, con el Papa y los obispos como sucesores de los apóstoles, los sacerdotes como colaboradores, y los laicos como protagonistas de la misión en el mundo, como explicó muy bien san Juan Pablo II en Chistifideles laici. Ese cauce es la garantía de que la Iglesia sigue siendo la Iglesia y no una ONG que actualiza sus estatutos cada vez que cambia el clima cultural.
Dentro de ese cauce hay un espacio enorme para la iniciativa de los laicos, para su voz, para su participación en las decisiones que afectan a la vida de las comunidades. Fuera de ese cauce, lo que hay es un proceso parlamentario disfrazado de discernimiento espiritual en el que al final se decide lo que quiere la mayoría o peor aún, se utiliza para poder justificar cambios que estaban preplanificados en una agenda ideológica.
¿Era necesario un Sínodo sobre la sinodalidad…?
Y al final de todo esto, con todo lo visto, uno no puede evitar hacerse una pregunta. Con todo lo que afronta el mundo y la Iglesia en este momento, con la persecución de los cristianos en decenas de países, con el colapso demográfico de Occidente, con la crisis de vocaciones, con millones de bautizados que se han alejado de la fe, con familias rotas, con jóvenes que no encuentran ningún sentido a nada… ¿lo más urgente era convocar un Sínodo sobre la sinodalidad? ¿Sobre cómo nos escuchamos?
Llevamos siglos trabajando de forma corresponsable. Las mujeres han sostenido las comunidades parroquiales desde siempre, en la catequesis, en Cáritas, en los grupos de oración, en los movimientos apostólicos, sin necesitar que un documento sinodal viniera a decirles que tenían un papel en la Iglesia.
Lo sabían. Lo vivían. Lo siguen viviendo. La corresponsabilidad no era un problema pendiente de resolver: era una realidad en marcha que quizá merecía en algunos lugares concretos más impulso y más reconocimiento, pero desde luego no una asamblea de tres años para redescubrirla.
Hay problemas que merecen que el Sínodo de los Obispos los afronte con toda su autoridad y su peso institucional. La familia. La evangelización en mundo digital. La formación de los sacerdotes. Los abusos y sus causas estructurales. La fe de los jóvenes. La relación entre la Iglesia y la ciencia. La evangelización actual. El problema demográfico y cultural.
Cualquiera de esos temas habría justificado años de trabajo. La sinodalidad, entendida como un fin en sí misma, no sé si merecía un Sínodo… y como yo piensan muchos. Sobre todo cuando el proceso acaba produciendo documentos que atacan a Courage, incluyen testimonios de parejas homosexuales activas como nuevo paradigma pastoral, y generan más confusión que claridad en los fieles que ya tenían bastante confusión de antes.
Espero que todo esto haga reflexionar a quienes deben reflexionar y empecemos a afrontar problemas reales, y no problemas inventados por unos pocos con altavoz que acaban arrastrando la marcha de toda la Iglesia.
Y vuelvo a lo mismo de siempre. Mientras todo esto sucede causando confusión, las parroquias siguen con su día a día, con su gente normal, y con su trabajo. A la gente de las parroquias no ideologizadas todo eso del sínodo les suena a algo raro que no entienden. Nos piden a los curas que se lo expliquemos. Nosotros tampoco sabemos muy bien qué es. Así que salimos por donde podemos y seguimos trabajando. Esa es la realidad de la calle.
Fuente: RELIGIÓN EN LIBERTAD






