Diáconos permanentes para la misión: la propuesta pastoral del padre Flaviano Amatulli

Escrito por Jorge Sotomayor

08/15/2026

Sección: Lo que creemos

 

Hablar del diaconado permanente no debería llevarnos primero a pensar en ornamentos, ceremonias o funciones dentro del presbiterio. Para el padre Flaviano Amatulli Valente, fundador de la Fraternidad Misionera Apóstoles de la Palabra, la pregunta era mucho más urgente: ¿qué hacer con las comunidades católicas que pasan meses, e incluso años, sin una presencia pastoral estable?

Su reflexión nació del contacto directo con una realidad dolorosa. En numerosos pueblos, rancherías, zonas indígenas y periferias urbanas de América Latina, la Iglesia estaba presente de nombre, pero ausente en la vida cotidiana. Había templos, imágenes, fiestas patronales y bautizados, pero faltaban evangelización constante, formación bíblica, acompañamiento familiar y ministros capaces de sostener la comunidad.

El problema no era únicamente la escasez de sacerdotes. Era un modelo pastoral excesivamente dependiente del sacerdote. Cuando el presbítero no podía llegar, casi todo se detenía. La catequesis se debilitaba, los enfermos quedaban sin acompañamiento, las comunidades se reunían cada vez menos y otros grupos religiosos ocupaban el espacio dejado vacío.

Ante esta situación, el padre Amatulli no se limitó a lamentarse. Pensó en una Iglesia más misionera, articulada y ministerial, donde los carismas surgidos en las comunidades fueran reconocidos, formados y puestos al servicio del Pueblo de Dios.

Una intuición profundamente conciliar

El Concilio Vaticano II restauró el diaconado permanente como un grado propio del sacramento del Orden. No lo concibió como una especie de sacerdocio incompleto ni como una dignidad honorífica, sino como un ministerio específico al servicio de la Palabra, la liturgia y la caridad.

En ese horizonte se sitúa la propuesta del padre Amatulli. Para él, el diácono permanente podía convertirse en una respuesta concreta para las comunidades que carecían de atención pastoral ordinaria.

No imaginaba a un ministro dedicado únicamente a asistir al sacerdote durante la Misa. Pensaba en un hombre de fe probada, conocido por la comunidad, con estabilidad familiar, preparación doctrinal, experiencia misionera y capacidad para acompañar personas.

Un hombre que no llegara de vez en cuando, sino que viviera allí.

Un ministro de planta.

Un diácono para cada comunidad

Una de las propuestas más audaces del padre Amatulli consistía en que las comunidades de cierta importancia pudieran contar con un diácono permanente residente.

Este diácono tendría la misión de acompañar de manera estable la vida cristiana del lugar: anunciar la Palabra de Dios, formar catequistas, visitar a las familias, atender a los enfermos, organizar la caridad, preparar a quienes recibirían los sacramentos y presidir aquellas celebraciones que la Iglesia permite a los diáconos.

No sustituiría al sacerdote.

El presbítero seguiría siendo necesario para la celebración de la Eucaristía, la reconciliación sacramental y la unción de los enfermos. Sin embargo, el diácono garantizaría que la comunidad no quedara abandonada entre una visita sacerdotal y otra.

La propuesta respondía a una evidencia pastoral: una comunidad no puede vivir solamente de visitas ocasionales. Necesita presencia, continuidad y acompañamiento.

Hombres probados, no improvisados

El pensamiento del padre Amatulli no apuntaba a ordenar a cualquier persona por falta de ministros. Su propuesta era exigente.

El candidato debía ser un hombre probado en la fe y en el servicio. Su idoneidad no dependería únicamente de sus estudios, sino de su trayectoria cristiana, su vida familiar, su conducta pública, su capacidad de trabajo y el reconocimiento de la comunidad.

En otras palabras, la ordenación no debía ser el comienzo de su servicio, sino la confirmación sacramental de una vida que ya había demostrado entrega, fidelidad y capacidad pastoral.

El itinerario era claro: primero la evangelización, después el discipulado; luego la vida comunitaria, el servicio probado, el discernimiento eclesial y, finalmente, la ordenación por parte del obispo.

Esta visión evitaba entender el ministerio como una carrera personal. Nadie debía ser ordenado simplemente porque lo deseaba. La vocación debía ser reconocida en la vida concreta.

Contra el diácono de ornamento

El padre Amatulli expresó en varias ocasiones una crítica fuerte: en muchos lugares, el diaconado permanente había quedado reducido a funciones ceremoniales.

El diácono aparecía en las celebraciones solemnes, proclamaba el Evangelio, preparaba el altar o ayudaba al sacerdote, pero su presencia apenas se percibía fuera del templo.

Para el padre Amatulli, esa visión empobrecía profundamente el ministerio.

El diácono no había sido restaurado por el Concilio para embellecer la liturgia, sino para servir allí donde la Iglesia necesitaba evangelizadores, organizadores de la caridad y animadores de las comunidades.

Su crítica no iba contra la dimensión litúrgica del diaconado, que es auténtica e importante. Iba contra su reducción a lo ceremonial.

Un diácono plenamente fiel a su vocación debía estar cerca de la Biblia, del altar y de los pobres.

La Palabra como primera tarea

En el carisma de los Apóstoles de la Palabra, la evangelización bíblica ocupa un lugar central. Por eso, el diácono imaginado por el padre Amatulli tenía un marcado perfil misionero.

Debía ser capaz de predicar, impartir cursos bíblicos, responder a las dudas de los fieles, formar agentes de pastoral y visitar los hogares. No bastaba con conocer algunas fórmulas litúrgicas. Necesitaba preparación doctrinal, pastoral y apologética.

Una Iglesia que no forma a sus fieles los deja indefensos ante la confusión religiosa, el secularismo y el proselitismo.

Por eso, para el padre Amatulli, el diácono debía ser ante todo un servidor de la Palabra: alguien capaz de ayudar a que la fe pasara de la costumbre a la convicción.

La familia del diácono

La posibilidad de ordenar hombres casados exigía también mirar con seriedad su vida matrimonial y familiar.

El diácono casado no puede ejercer su ministerio a costa de su esposa o de sus hijos. Su familia no debe convertirse en una víctima silenciosa de su actividad pastoral.

Por ello, el discernimiento tendría que valorar la estabilidad matrimonial, el testimonio familiar, el consentimiento de la esposa y la capacidad real de armonizar el hogar, el trabajo y el ministerio.

Al mismo tiempo, la experiencia matrimonial puede aportar una riqueza pastoral notable. Un diácono casado conoce desde dentro las alegrías y las tensiones de la vida familiar. Comprende las dificultades económicas, la educación de los hijos, las crisis conyugales, la enfermedad y el trabajo cotidiano.

Esa experiencia puede hacerlo especialmente cercano a las familias que acompaña.

El problema del sostenimiento

El padre Amatulli también percibió una dificultad que muchas veces se evita mencionar: ¿cómo sostener económicamente a un diácono que dedica gran parte de su tiempo a la misión y tiene una familia que atender?

No todos los diáconos pueden vivir únicamente de una profesión civil y, al mismo tiempo, asumir una responsabilidad pastoral intensa. Tampoco sería justo exigirles una entrega total sin ofrecer condiciones dignas.

El padre Amatulli pensaba que la Iglesia debía crear estructuras más claras para el sostenimiento de ministros casados dedicados de tiempo completo o parcial a la evangelización.

No se trataba de convertir el ministerio en empleo, sino de reconocer que el servicio eclesial necesita organización, justicia y responsabilidad.

Una propuesta seria de diaconado permanente debe contemplar formación, nombramiento, facultades, seguridad social, atención médica y protección de la familia.

Diáconos en comunión, no ministros independientes

La propuesta del padre Amatulli no pretendía crear ministros autónomos o paralelos a la estructura diocesana o parroquial.

El diácono debía estar plenamente vinculado al obispo y trabajar en comunión con los presbíteros. Su pertenencia a un movimiento misionero no podía sustituir la autoridad de la Iglesia particular.

Al mismo tiempo, el padre Amatulli deseaba que el carisma evangelizador no quedara encerrado dentro de funciones parroquiales estrechas. Por eso imaginaba diáconos capaces de colaborar en misiones, cursos bíblicos, formación de agentes y atención de comunidades más allá de una sola parroquia, siempre con la autorización correspondiente.

El desafío consistía en armonizar dos fidelidades: la comunión con el obispo y la identidad misionera del carisma.

¿Un camino hacia el sacerdocio de hombres casados?

El padre Amatulli fue todavía más lejos. Consideró que, en determinadas circunstancias y si la Iglesia lo autorizaba, algunos diáconos permanentes casados podrían ser ordenados presbíteros para asegurar a las comunidades el acceso frecuente a la Eucaristía.

Esta propuesta pertenece al ámbito disciplinario y permanece abierta al discernimiento de la autoridad suprema de la Iglesia.

Sin embargo, es importante no confundir los ministerios. El diaconado permanente posee una identidad propia y no debería entenderse simplemente como una sala de espera para el sacerdocio.

La intuición del padre Amatulli surgía de una preocupación concreta: aun con un diácono estable, una comunidad sigue necesitando la Eucaristía.

Su reflexión, por tanto, no despreciaba el diaconado. Lo situaba dentro de una reforma pastoral más amplia orientada a garantizar una presencia sacramental suficiente.

Una propuesta vigente

La reflexión del padre Flaviano Amatulli conserva una gran actualidad.

Muchas diócesis siguen enfrentando parroquias inmensas, comunidades alejadas y sacerdotes responsables de numerosos pueblos. En algunos lugares, el diácono permanente ha logrado desarrollar una misión fecunda; en otros, continúa siendo percibido principalmente como auxiliar litúrgico.

El reto no consiste simplemente en ordenar más diáconos.

La verdadera cuestión es qué tipo de diáconos necesita hoy la Iglesia.

¿Diáconos limitados al ceremonial o ministros capaces de salir al encuentro del pueblo? ¿Hombres que esperan ocupar un lugar junto al altar o servidores dispuestos a recorrer calles, visitar enfermos, formar discípulos y sostener comunidades?

La propuesta del padre Amatulli apunta con claridad hacia la segunda opción.

Su ideal era el de un diácono profundamente bíblico, misionero, cercano a las familias, comprometido con los pobres, fiel a su esposa e hijos y plenamente unido al obispo y a los presbíteros.

Un diácono que no buscara privilegios, sino tareas.

Que no reclamara honores, sino responsabilidades.

Que no fuera un adorno del culto, sino un servidor de la misión.

Una Iglesia que reconoce los dones del Espíritu

En el fondo, la propuesta del padre Amatulli plantea una cuestión eclesiológica decisiva: ¿es capaz la Iglesia de reconocer, formar y enviar a los hombres que el Espíritu Santo ya ha suscitado en sus comunidades?

Existen laicos que durante años han anunciado la Palabra, acompañado familias, organizado misiones, formado catequistas y sostenido comunidades enteras. Algunos de ellos podrían poseer una auténtica vocación al diaconado permanente.

La tarea no consiste en ordenarlos automáticamente, sino en discernirlos con seriedad.

Cuando la vocación, el testimonio, la comunidad y la autoridad eclesial convergen, el diaconado permanente puede convertirse en una extraordinaria fuerza evangelizadora.

Esa fue la intuición de Flaviano Amatulli: no ordenar para llenar espacios ceremoniales, sino reconocer ministros probados para que ninguna comunidad quede sin Palabra, sin acompañamiento y sin servicio.

Tal vez el futuro del diaconado permanente dependa precisamente de recuperar esa visión.

No diáconos para completar una fotografía litúrgica, sino diáconos para llevar el Evangelio allí donde la Iglesia todavía no logra permanecer.

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