De Vittorio Messori se ha dicho que era el escritor católico más leído del mundo, el primer apologeta de Italia, el que supo aunar en sus escritos fe y razón con gran armonía… en fin, Vittorio era un grande, pero no solo como escritor de éxito, sino como persona.
Desde que le dijo a su madre que había abrazado la fe cristiana -después de haber vivido en su familia no solo el ateísmo sino un anticlericalismo feroz-, y ésta le aconsejó ir al psiquiatra, la vida de Vittorio dio un vuelco radical.
Con la necesidad vital de encontrar argumentos para acomodar en su mente qué era eso de ser cristiano, escribió “Hipótesis sobre Jesús”, y solo en Italia vendió la friolera de un millón y medio de ejemplares. Y después vendrían otros textos como “Informe sobre la fe” con el cardenal Ratzinger, otro best-seller mundial, “Apostar por la muerte”, “Dicen que ha resucitado”, “Hipótesis sobre María”, “Leyendas negras de la Iglesia», “Cruzando el umbral de la esperanza”, “El gran milagro” y tantos otros, que los escribió porque “hubiera querido leerlos pero no los encontré”.
Y mientras su éxito profesional se disparaba, sufría en silencio una gran cruz.
Rosanna Brichetti
Vittorio había conocido a principio de los años setenta a Rosanna Brichetti, “una joven de provincia un poco tímida e insegura”, según definición de ella misma, en el ámbito de un carisma nuevo llamado Pro Civitate Cristiana, fundado por don Giovanni Rossi en Asís.
En esta comunidad, que tenía un espíritu cristocéntrico, y estaba formada por laicos que tenían promesas, pero no votos, y vivían con un estilo de pequeña “ciudadela cristiana” en dónde se desarrollaban cursos de formación, se organizaban peregrinaciones, se acogían a personas en búsqueda, y se editaban libros y revistas como Rocca, en donde Vittorio también colaboraba… fue el lugar en donde Rossana y Messori entablaron una amistad.
Y esa amistad fue transformándose, poco a poco en amor, y en 1975 Vittorio le pidió matrimonio a Rosanna, no sin antes advertirle de que había tenido un matrimonio religioso anterior, aunque llevaba tiempo separado legalmente y con el proceso de la causa de nulidad en marcha. Vittorio tenía el convencimiento absoluto de que su matrimonio era nulo, y que así se lo reconocerían los tribunales eclesiásticos, más pronto que tarde.
Rosanna viendo “la tenacidad de Vittorio en amarme y en tratar de poder compartir la vida conmigo, había decidido tener un poco de paciencia y esperar con calma el resultado del nuevo proceso”.
El laberinto judicial
Pero ese proceso entraba en un laberinto sin salida. El Tribunal eclesiástico de Turín fue la primera estación de este doloroso calvario para conseguir la nulidad, siendo la sentencia negativa. Después vino tribunal de Milán, y la resolución fue asimismo desfavorable. Por último, el Tribunal de la Rota romana también falló en contra.
“No había sido fácil durante muchos años hacer de eterna novia o poco más -dirá Rosanna-, y después renunciar a todo, para volver a quedarme a la espera de un resultado menos incierto, pero aun así dudoso. A veces me sentía como una especie de bolita disparada al aire, sin sentido y sin rumbo”.
Vivir en castidad como hermano y hermana
Los años pasaban, y después de esperar y esperar, acumulando “un gran cansancio psicológico y espiritual, y ya que no podíamos ser solo amigos, por qué el amor era grande”, señalará Rosanna, decidieron vivir juntos, bajo el mismo techo y en castidad, como hermano y hermana.
“Nos ayudó mucho en esta prueba la decisión de vivir en castidad, como hermano y hermana. Sé bien que es una opción que hoy muchos, incluso en el ámbito católico, consideran inútil o quizá incluso perjudicial para las personas y para la relación. Pero nuestra experiencia no fue así. Y ahora, después de tantos años, cuando recordamos aquel período, no lo vemos en absoluto como una especie de pesadilla, sino, al contrario, como un tiempo, a pesar de todo, muy feliz”.
¿Y Vittorio? Dice Rosanna que no era un prototipo de asceta. En su adn estaba marcado a fuego ser amante de la buena mesa, de los placeres del mundo, de una vida sensual en todos los sentidos. Como recordará Rosanna: “No estaba en la naturaleza de Vittorio inclinarse por la castidad, más bien todo lo contrario. Pero fue realmente una elección de fe la que hicimos. A menudo difícil, sobre todo para él. Dictada necesariamente por el hecho de que sufríamos demasiado al estar en una situación de pecado, sin Eucaristía y, al mismo tiempo, dedicándonos a tiempo completo a Jesucristo”.
Aceptación de la cruz con humildad
“Precisamente por eso, aunque a menudo nos parecieron injusto tanto la duración de los procedimientos como la poca disponibilidad de los jueces para escucharnos y comprendernos de verdad… lo aceptamos todo. El respeto por la Iglesia, también en su dimensión institucional, lo sentíamos como respeto por el Misterio que, en su profundidad, custodia y se ofrece a los hombres. Y si alguna vez, cansados de la situación, pensamos en alguna forma de dar marcha atrás y aceptar con humildad lo que estaba sucediendo, Vittorio solía decirme: Vamos, quizá todo esto sea providencial porque, con el éxito que tengo, si no estuviéramos en esta situación, tal vez se me subiría a la cabeza, me daría aires, me convertiría en un personaje católico importante. En cambio, todo esto me obliga a mantenerme humilde, con un perfil bajo, porque no tengo nada que exhibir ni de lo que presumir”.
“Por mi parte, siempre traté de no forzar la situación, dándome cuenta no solo de que la misión a la que Vittorio había sido llamado era más importante que yo, sino también de que solo respetando esta jerarquía de valores nuestra relación se mantenía, a pesar de todo, fresca, viva y profunda, incluso con el paso de los años”.
Una decisión difícil
“Decía que la elección de la castidad es difícil. Sí, porque si creo que nunca es demasiado fácil mantenerse casto, es particularmente complicado cuando aún se es relativamente joven, se está enamorado y además se convive. Nosotros también, obviamente, le teníamos un poco de miedo. Pero creo que el Señor vio nuestra buena voluntad y nos ayudó desde el principio. En el sentido de que, desde el inicio, comprendimos y vivimos la castidad no solo en negativo, como ausencia de pecado, sino también como una oportunidad positiva. Una auténtica gracia para nuestra vida, la mejor manera de esperar las decisiones de la Rota, de recuperar el impulso que nos había llevado a Asís, y también de purificarnos de los años algo turbulentos que habíamos vivido antes de reencontrarnos. En definitiva, como un período de ejercicios espirituales particularmente largo”.
“Con el tiempo comprendimos también que la castidad no es solo abstinencia sexual, sino una actitud general de la persona. Es decir, no puedes renunciar a la lujuria y abandonarte tranquilamente a todos los demás pecados capitales. De lo contrario, o no lo consigues, o quizá aparentemente lo logras, pero a costa de compromisos interiores, tal vez aún más graves que la propia falta sexual. Y esto porque la castidad es una sublimación de la sexualidad, no su represión. Es orientar la energía sexual hacia otras metas, es desarrollar otros modos, no necesariamente físicos, de vivir ese amor que en la pareja, de un modo u otro, es necesario”.
“Claro, todo esto no sucede en un día: es una maduración que requiere tiempo y paciencia, y que va de la mano con la maduración de la fe. Incluye algunas caídas inevitables y posteriores levantarse; un camino no fácil, pero que, si se vive bien, te eleva”.
“Lo que siento poder decir, creo que también en nombre de Vittorio, es que al final recordamos ese período con alegría. Y eso creo que es una buena señal. Lo recordamos como un tiempo en el que nosotros nos refinamos y también se refinó nuestra relación. Sin sexo, estuvimos casi obligados a explorar otras dimensiones de nuestro estar juntos, para darle un sentido: por ejemplo, la afectividad o los intereses comunes. Y, sobre todo, el amor compartido por Jesús, a quien siempre ofrecimos todo, convencidos de que el sacrificio que hacíamos daría sus frutos”.
“Debo decir que también recibimos una gran ayuda del afecto que los lectores mostraban hacia Vittorio y que se reflejaba también en mí. Un afecto que nos convencía de que nuestro trabajo, purificado por la castidad, habría sido aún más eficaz”.
Y pasaron casi dos décadas en esta posición ambigua ante el mundo, que le perjudicaba sobre todo a Rosanna, obligada a vivir siempre en segundo plano, teniendo que dar explicaciones de lo más peregrinas.
Lo que jugaba en su contra
Vittorio, que estaba plenamente convencido de los errores judiciales relativos a su proceso de nulidad, también era consciente de cuatro elementos que jugaban en su contra.
El primero hacía referencia a que no había hablado con nadie de las dificultades relacionadas con ese matrimonio antes de que se celebrara. Por lo tanto, no tenía testigos que pudieran confirmar lo que él sostenía sobre la nulidad del mismo. El Tribunal tuvo que recurrir a peritajes de expertos que formularon hipótesis que a menudo eran contradictorias entre sí.
El segundo elemento que jugaba en contra de Vittorio era su notoriedad, que lo había convertido en pocos meses en un personaje público, y despertaba las sospechas en los jueces, que pensaban en una maniobra para liberarse de la primera esposa y comenzar una nueva vida. “Solo después de casi veinte años alguien comprendió finalmente que no era así”, recordaba Rosanna.
El tercero: los jueces consideraban que había una cierta disonancia entre la lucidez que mostraba Vittorio en sus libros, y tanta dificultad en sus decisiones privadas.
Y, por último, la esposa se opuso con todas sus fuerzas. Ella ofrecía su propia argumentación que distaba mucho de la de Vittorio.
Una última oportunidad
Después de que tres instancias (Turín, Milán y Roma), y once años de proceso, siempre doloroso, todo parecía perdido hasta que apareció en la vida de Vittorio, Pippo Corigliano, portavoz del Opus Dei en Italia.
Messori había comenzado a documentarse para un nuevo libro: “Opus Dei. Una investigación”, y después de muchas semanas de trabajo en común con Pippo, entablaron una amistad que le permitió a Vittorio abrirle el corazón, y confiarle esa gran cruz que soportaba con resignación cristiana.
Pippo le transmitió que todavía tenía una última oportunidad: pedirle al propio Papa que reabriera el proceso, y para ello le puso en contacto con un abogado de su total confianza: monseñor Mario Francesco Pompedda, juez de la Rota desde hacía muchos años, pero que entonces se había convertido en su Decano.
Se daba la circunstancia de que monseñor Pompedda había ejercido de fiscal en el último proceso de nulidad celebrado en Roma, pero no había logrado convencer a los otros dos jueces de la veracidad del testimonio de Vittorio.
Ahora Pompedda le proponía a Vittorio presentar una súplica al Papa. Y para ello propuso hacerlo a través del entonces cardenal Ratzinger, a quien Vittorio conocía bien.
También la esposa, cuyo consentimiento era necesario para proceder, ya no puso obstáculos después de casi veinte años. De hecho, en una declaración espontánea, no solicitada en absoluto, escribió de su puño y letra que ella también estaba ya convencida de la nulidad del matrimonio.
Y el nuevo proceso avanzó rápidamente hasta comienzos de 1996, que llegó la sentencia definitiva, que declaraba la nulidad del vínculo y permitía a Vittorio y Rosanna contraer un nuevo matrimonio por la Iglesia.
¿Nos hemos ganado este matrimonio?
En ese tiempo de espera, Rosanna, le dijo al Señor: “Mira, a mí me parece que quizá Vittorio finalmente merece esta declaración de nulidad. Así como, desde un punto de vista humano, me parecería algo bueno para él y para mí que pudiéramos por fin casarnos. Quizá nos hemos ganado este matrimonio. Pero haz Tú, que conoces mejor que nosotros la verdad de esta situación, junto con lo que es realmente bueno para nosotros. En los hechos leeremos Tu voluntad y la aceptaremos”.
El 30 de noviembre de 1996 Vittorio y Rosanna se casaban finalmente por la Iglesia, y ya eran marido y mujer de pleno, después de veinte años de espera, lo que les privó, sin duda, de la posibilidad de tener hijos.
Sus últimas palabras
En la última entrevista que concedió Vittorio, cuando ya comenzaba a atisbar la merma de sus facultades, aunque todavía lúcido, declaró lo siguiente: «Me pregunté por qué sobreviví a Rosanna, y me consuela pensar que esta separación será solo temporal. No fue fácil, también porque mientras tanto terminé mi colaboración con el Corriere della Sera y perdí mi capacidad de escribir. Tenía muy buena memoria, pero ya no la tengo. Ahora, en medio de un discurso olvido nombres, fechas, situaciones, pero estoy agradecido a Dios y a Nuestra Señora por esto, porque al quitarme esto y aquello me hacen sentir precario y me animan a confiar más de lo que ellos confían, a desprenderme de mi ego, de mis certezas, de lo que me hizo vivir en esta tierra y a desear cada vez más la plenitud que vendrá después de la muerte. Y me enseñan a vivir los días con la misma paciencia que mostró María, a respetar con calma el tiempo de Dios, que no es el nuestro”.
Gracias Vittorio por tu vida y tu amistad. Un verdadero testimonio de cristiano que amó a Jesús y a su Iglesia con pasión y radicalidad, a pesar de la gran cruz que tuvo que soportar.





