Fallamos cuando abrimos ventanas para que entre el sol a los de fuera,
y dejamos a oscuras a quienes duermen bajo nuestro propio techo.
Fallamos cuando levantamos altares de palabras para conocidos,
y olvidamos encender una simple vela de gratitud en nuestra casa.
Fallamos cuando reservamos la copa de cristal para las visitas,
y servimos a los nuestros en la taza rota,
como si su amor pudiera beberse en pedazos.
Fallamos cuando corremos a socorrer al extraño con entusiasmo,
pero suspiramos con desgano cuando una madre nos pide ayuda.
Fallamos cuando proclamamos en redes el amor perfecto,
mientras en la mesa de nuestro hogar
nos pesa hasta acercar un vaso de agua.
La familia es el tesoro que no se compra,
el refugio que no se improvisa,
la raíz que sostiene el árbol de nuestra vida.
Cuidémosla, antes de que el silencio nos reclame lo que hoy damos por sentado.
Porque la familia no es “después”…
La familia es siempre.






